Mujeres emprendedoras de toda África están creando empresas que abordan los residuos, la inseguridad alimentaria, el suministro de agua poco fiable y la deforestación. Sus experiencias también ponen de relieve los obstáculos que muchas mujeres afrontan al buscar financiación o trabajar en sectores tradicionalmente dominados por hombres.

En Nigeria, Ifedolapo Runsewe fundó Freee Recycle en 2020, después de pasar más de 12 años en el sector bancario. Su fábrica de Ibadan recoge neumáticos desechados de cuatro estados, los procesa para convertirlos en gránulos de caucho y los transforma en productos como superficies para parques infantiles, suelos para gimnasios, bloques de pavimentación y baldosas encajables.

La empresa emplea a unas 62 personas y tiene alianzas con organizaciones como Michelin, Save the Children y el Comité Internacional de la Cruz Roja. Runsewe afirma que a menudo la trataban como si el hombre que la acompañaba fuera el dueño del negocio, lo que refleja las ideas preconcebidas sobre el papel de las mujeres en la fabricación industrial.

Freee Recycle también gestiona un programa de residencia artística, puesto en marcha en 2025, que transforma neumáticos desechados en obras inspiradas en la historia y la cultura africanas. Runsewe está estudiando la posibilidad de ampliar sus actividades al reciclaje de envases de aerosol, como latas de insecticida y frascos pulverizadores.

En Uganda, la ingeniera hidráulica Kyokushaba Shine creó Winta Engineering Solutions en febrero de 2025 para ofrecer sistemas de riego asequibles a los pequeños agricultores. Inspirada por las dificultades de su madre con las cosechas fallidas, ha ayudado a instalar 30 sistemas de agua en todo el país, la mayoría alimentados por energía solar. Más de 10 se han instalado para agricultoras, y las mujeres representan el 80% de su equipo.

La empresa diseña e instala sistemas que utilizan bombas solares y tecnologías como el riego por goteo. También perfora pozos cuando es necesario y capacita a los agricultores para mantener los equipos. Kyokushaba ha empezado a trabajar con proveedores de microfinanciación para poner a los agricultores en contacto con préstamos de unos 5 millones de chelines ugandeses, que por lo general pueden devolverse en un plazo de dos años.

Sus programas educativos abordan la degradación del suelo y los efectos de la crisis climática. Kyokushaba también quiere crear más oportunidades para las mujeres en un sector agrícola y de ingeniería en el que los hombres siguen ejerciendo gran parte de la influencia.

En Kenia, Food4Education, de Wawira Njiru, ha pasado de ser una pequeña cocina que atendía a 25 niños en 2012 a convertirse en una operación con 209 cocinas que alimentan cada día a más de 700.000 escolares. Njiru puso en marcha la iniciativa después de enterarse de que los alumnos se desmayaban de hambre en una escuela cercana a Nairobi.

La organización distribuye las comidas mediante motocicletas y camiones y emplea a 6.000 personas, la mayoría mujeres. La cocina principal de Nairobi, que alimenta a unos 60.000 niños, utiliza energía solar y vapor, mientras que las demás cocinas están avanzando hacia el uso de briquetas ecológicas fabricadas con serrín y residuos agrícolas.

Food4Education compra unos 130 toneladas de alimentos al día, y aproximadamente el 80% procede de pequeños agricultores locales. A comienzos de 2026, compró 1,3 millones de mangos a 5.000 agricultores del condado de Murang’a después de que un excedente provocado por el clima caluroso dejara a los productores con dificultades para vender su cosecha. Después, la fruta se distribuyó entre los escolares.

En Malaui, Chifuno Stevens fundó Chifuno Changa Green Initiative en septiembre de 2020 como respuesta a la mala gestión de residuos y la deforestación en los alrededores de Dedza. La empresa, dirigida por mujeres, trabaja con 18 integrantes del Dauya Ladies Environmental Group para producir briquetas de carbón a partir de cáscaras de cacahuete desechadas.

Las briquetas ofrecen una alternativa a la leña y al carbón vegetal convencional, al tiempo que proporcionan un uso productivo a los residuos agrícolas. La iniciativa las utiliza en su empresa hermana, Dedza Pottery, cuando otros suministros de energía son limitados.

Desde comienzos de 2026, la organización también ofrece clases de costura, lo que permite a sus integrantes fabricar bolsas reutilizables con tela kitenge local. Las visitas al taller de briquetas dan a los visitantes la oportunidad de conocer a las artesanas y probar a producir el combustible por sí mismos.

Stevens afirma que la iniciativa debe mantener sus productos asequibles mientras crea ingresos sostenibles para las mujeres participantes. Sin embargo, el suministro irregular de cáscaras de cacahuete, el coste de los equipos especializados y el acceso limitado a la financiación siguen restringiendo su crecimiento.

En las cuatro empresas, las fundadoras combinan la actividad comercial con esfuerzos para abordar necesidades sociales y ambientales. Sus historias también ilustran las dificultades persistentes que afrontan las mujeres para acceder al capital y obtener reconocimiento en industrias en las que a menudo se da por hecho que la propiedad y el liderazgo corresponden a los hombres.

Fuentes: The Guardian Business.